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Publicado martes, Jul 29

El acuerdo “histórico” EE. UU.–UE: ¿un banquete para Trump o un mazazo a Europa?

El pacto preliminar que impone aranceles del 15 % a productos europeos y abre la compra de US $750 000 M en energía de EE. UU. maximiza ganancias para Washington, pero deja tambaleando a la industria farmacéutica y automotriz de la UE.

el presidente Donald Trump y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, presentaron lo que ambos calificaron como “el acuerdo comercial más ambicioso de la historia reciente”. Sin embargo, a falta de un texto definitivo, el marco preliminar suena más a una declaración de intenciones que a un tratado listo para firmarse.

El corazón del anuncio es la tasa arancelaria: un 15 % que EE. UU. aplicará a la mayoría de las importaciones europeas, compitiendo directamente con el viejo gravamen del 27,5 % que Trump impuso en abril. En la otra orilla, la UE se compromete a realizar compras por US$750.000 millones en gas y petróleo de origen estadounidense, con el firme propósito de reducir su dependencia del gas ruso.

En Wall Street, la noticia fue recibida con optimismo: el Dow Jones y el Nasdaq cerraron con ganancias, alentados por la certidumbre de un mercado transatlántico más “estable”. Las grandes petroleras y los fabricantes de automóviles de EE. UU. —que en un año de parálisis de inversiones recuperan así músculo frente a sus rivales europeos— celebraron públicamente el acuerdo. Para la Casa Blanca, el pacto no solo impulsa las exportaciones de Lousiana y Texas, sino que llena las arcas del Tesoro con miles de millones en nueva recaudación por aranceles.

Pero en Bruselas el ambiente es distinto. Los grandes laboratorios y las automotrices alemanas —Volkswagen, BMW, Mercedes— observan con recelo cómo una tasa fija del 15 % eleva el precio de sus productos y amenaza su competitividad. Ya se escuchan críticas de ministros de Economía: “Hemos cedido demasiado rápido y sin garantías sobre sectores importantes, como la industria farmacéutica”, admitió un funcionario francés bajo condición de anonimato. En Berlín, la VDA, patronal del motor, recuerda que incluso un arancel reducido implica miles de millones en pérdidas anuales para su sector.

En el terreno político, la fractura interna de la UE se hace patente. Países con menor capacidad exportadora a EE. UU. apoyan la compra masiva de energía estadounidense como un salvavidas ante la crisis de suministro, mientras que naciones con fuerte tradición industrial y automotriz advierten sobre el potencial golpe al empleo y la balanza comercial. La aprobación del pacto deberá pasar por los parlamentos de los veintisiete, una tarea tortuosa si las voces críticas se multiplican.

Para las farmacéuticas europeas, el pacto es una bomba de incertidumbre. Mientras Trump asegura que los medicamentos quedan fuera del gravamen, von der Leyen habla de incluirlos bajo el mismo 15 %. Esa contradicción ha generado alarma en compañías como AstraZeneca y Novartis, que ya preparan planes de contingencia ante la posibilidad de un arancel que encarezca sus fármacos en el mercado estadounidense.

Lo que ambos líderes han presentado como un hito de cooperación transatlántica deja más preguntas que certezas. Sin un texto definitivo que detalle excepciones, mecanismos de resolución de disputas y calendarios de implementación, el “megaacuerdo” corre el riesgo de convertirse en una promesa más para alimentar titulares, mientras empresas y consumidores de ambos lados del Atlántico calculan ya quién acabará pagando la factura.